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lunes, 17 de abril de 2017

Sin llaves en el Cementerio de Oyameles


Hay temores que son tan absurdos como para lograr no hacerles caso, temores posibles pero tan terribles que logramos no pensarlos, y temores prácticos que sabemos nos ocurrirán tarde o temprano. Antier uno de estos últimos se volvió realidad. Creo que es un temor compartido con cualquier bióloga de campo y con cualquiera que haga excursiones en auto a la naturaleza: después de horas de colectar muestras, regresamos a la camioneta para descubrir que de las llaves sólo quedaban el llavero y el control de la alarma, pero ni rastros del pedacito de metal necesario para arrancar. Estábamos en el Cementerio de Oyameles, a 3,400 y pico metros sobre el nivel del mar.


El Cementerio de Oyameles, en el bosque que el chilango promedio identifica como el Desierto de los Leones, es lo que queda de un bosque azotado por incendios y contaminación. El incendio fuerte ocurrió a finales de los noventa, la contaminación desde los ochenta. Este es el cuello  de la cuenca atmosférica de la Ciudad de México. En otras palabras, cada contingencia ambiental de la ciudad eventualmente es arrastrada por los vientos, y con el último empujón de la inversión térmica sale por aquí. No sin antes raspar estas lomas con un concentrado de todo el horror que respiramos en la Ciudad de México. Como resultado, troncos grises como petrificados apuntan al cielo y otros tantos yacen tirados como caminos de plata entre la vegetación. Hay árboles jóvenes, resultado de varios años de reforestaciones y necedad regenerativa de la naturaleza, pero su vida no es fácil: no hay árboles adultos que los protejan y la contaminación, especialmente el ozono, daña sus hojas, lo que si no los mata sí los debilita y los vuelve presa fácil de enfermedades, heladas y sequías. 


El predio pertenece a Santa Rosa, que es el último pueblo que cruza la Calzada Desierto de los Leones antes de entrar al Parque Nacional del mismo nombre, su famoso ex-convento y sus restaurantitos de quesadillas de maíz azul. Al Cementerio de Oyameles, donde perdimos las llaves, se llega por una brecha a la que los turistas normalmente no tienen acceso, aunque hay varios otros caminos para llegar a esta Roma, y la cruz de Coloxtitla, enclavada en el punta del cerro, es una de las paradas de la peregrinación de los chalmeños. No es el mejor lugar para quedarse sin vehículo, aunque agradezco no me sucediera en cerros más remotos.



Sin llaves de la camioneta. Determinamos que el único momento donde podría haberse perdido fue cuando Persona A le aventó las llaves a Persona B para salvar algo de tiempo. Yo escuché de lejos su maniobra y dejé de preocuparme cuando oí que Persona B ya tenía las llaves en su poder. No las cachó, supe después, rebotaron contra un tocón y ella las recogió del suelo. Ahí creemos se separó la llave del llavero, que tiene uno de esos ganchitos que se abren. Como ahora hay llaves de “proximidad” que ni llave tienen, y como el control del beep beep no se perdió, pues absurdamente no notamos la falta de llave hasta mucho después. Identificado el lugar de la pérdida en el tiempo, nos fue imposible identificarlo con certeza en el espacio. El Cementerio de Oyameles es una colección de los mismos elementos repetidos cada quince pasos: tocón, árbol muerto en pié, árboles caídos, arbustos, pasto, oyamelitos, pinitos. Si no fuera por la pendiente sería imposible distinguir siquiera el norte del sur. 

Total que no encontramos la llave. Una brigada forestal de la Delegación Álvaro Obregón, a la que políticamente pertenece el sitio, estaba reparando una brecha cortafuegos. Por fortuna. Bajamos en su camioneta, tanque de nitrógeno y todo, con nuestras caras de idiotas y ánimo decaído. Luego el ritual de avisar en las plumas de vigilancia que estábamos dejando allá arriba nuestra camioneta. Qué volveríamos mañana. Uy, a ver si no le pasa nada, su respuesta. Nuestro aventón nos dejó en Santa Rosa, de donde también eran algunos de los trabajadores. Uno de ellos cuenta que por otro sendero el subía corriendo en 40 minutos, y que con ese entrenamiento corrió varias veces el maratón de la CDMX. No lo dudo. Tampoco dudo que conozca profundamente el bosque, pues toda la bajada se enfocó en platicarnos de la colecta de conos y cómo se regenera solito el bosque. De Santa Rosa tomamos uno de esos camiones verdes que increíblemente llegan hasta Metro Viveros, porque efectivamente nunca salimos de la Ciudad de México.

Haciendo de lado la desgracia de la llave, sin querer cumplimos otro de los objetivos del proyecto: contactar con la comunidad dueña de la tierra para vincular nuestros estudios con sus esfuerzos de reforestación. Aquí la reforestación es necesaria desde el incendio, pero las oleadas de ozono no la ponen fácil. Lo interesante es que no a todos los oyameles parece afectarles por igual. Hay árboles muriendo con la distinguible marca del daño por ozono: las hojas más cercanas al tronco se van poniendo rojizas y terminan por secarse. Esto ocurre así normalmente, pero no tan rápido, no en las hojas del año anterior. Pero también hay árboles notoriamente más sanos. Algunos ya tienen varios metros. El objetivo de una estudiante de maestría entusiasta es determinar si hay diferencias genéticas entre estos árboles. De ser así, podríamos buscar en el vivero los árboles con estas características y utilizarlos para reforestar, a sabiendas de que les irá mejor que a otros.



Antier fue Sábado Santo. Decidimos colectar específicamente este día para utilizarlo como punto comparativo “sin contaminación”. Piénsenlo, sábado en medio de la semana santa, la ciudad vacía sin millones de escapes de autos encendidos. El proyecto está arrancando y aún nos faltan muchos puntos por definir y debemos estrechar relaciones con el vivero que está reforestando, pero un Sábado Santo sin coches no lo tendríamos hasta el siguiente año. Así que nos lanzamos. Nuestra hipótesis es que cuando no hay ozono los árboles no tienen necesidad de prender los genes para lidiar con el. De la misma forma que una no prende los genes para deshacerse del alcohol cuando no lo está consumiendo. Nuestro segundo momento de colecta será durante una contingencia ambiental, de esas que no tardan en llegar. Ahí esperamos que la maquinaria celular de las pobres hojitas esté enfocada en evitar el daño por ozono. Lo que haremos será secuenciar el ARN de las hojas, que es el intermedio entre el ADN y las proteínas que este codifica. Es decir, al secuenciar el ARN podremos ver qué genes están prendidos en ese momento. Una vez identificados estos, podemos ver si hay diferencias entre los árboles que se ven enfermos y los sanos. El ARN se degrada muy fácilmente, por eso llevábamos nitrógeno líquido, que está a menos de cien grados bajo cero.
 
Sábado Santo no es el mejor día para quedarse sin llaves. Más cuando una descubre que la copia no existe y que el único remedio es encontrar uno de esos cerrajeros especializados en llaves de vehículos. A través de nuestro mecánico de cabecera encontramos uno dispuesto a subir. Pero hasta las 3 pm de la tarde del día siguiente. Así que ahí fuimos ayer Domingo. Fuimos ya no yo con las y los estudiantes, sino acompañada de mi pobre padre y del cerrajero.  Sí, para colmo de osos la camioneta era de mi padre. La idea del Sábado Santo llegó más tarde que los límites de tiempo de la universidad, así que le pedí prestada su camioneta y le arruiné el fin de semana con una llamada telefónica que ya se pueden imaginar.


Tlaloc nos perdonó un aguacero por segundo día consecutivo. El cerrajero se llama Daniel. No debe pasar de los cuarenta tempranos, a lo mucho. Entre l ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽llama Daniel y entre ´l y entre 33 pm de la tarde. os en llaves de vehiuna estudiante de maestrdios con sus esfuerzos él y su padre llevan 30 años con un taller en Tizapan, a los pies de la Av. Toluca que lleva al Desierto. Daniel subió por estos montes para peregrinar a Chalma por primera vez como a los 13 años. Después otras siete veces. Así que fue ilusionado de andar de nuevo por ahí, aunque no fuera su ruta exacta.

Los vigilantes y brigadistas nos recibieron con la amabilidad que se le tiene a los desesperanzados. Nos desearon lo mejor y esperaron vernos de regreso en un par de horas con la camioneta. Para no hacerla larga: no nos vieron volver así. Daniel necesitaba hacer algún paso del arte cerrajero con el equipo que tiene en su taller. El problema no es la llave, sino el mentado chip que resulta llevan dentro. Una mirruña que habla con la camioneta para decirle: sí, soy tu llave, no te están robando. Pero por no dejar, y con los conocimientos de mecánico de Daniel, intentamos engañar a la camioneta y arrancarla sin llave. Fueron tres maniobras distintas. Involucraron echar gasolina directamente a la boca del motor con una botellita y quitar los relevadores. Incluso sacrificar un cargador de celular para improvisar un alambrito de cobre y hacer un puente. Fracasos. No es fácil robarse una camioneta Chevrolet. Volvimos a dejarla. Esta vez sin relevadores y con la parte donde metes la llave medio desarmada. Si acaso podrían robarse las llantas.

Volvimos hoy lunes. Nos recibió un granizo suave, de ese que se rompe al tocar una superficie, como si quisiera ser nieve. Daniel abrió la camioneta, hizo un ajuste rápido con su escáner y las llaves estuvieron listas. Run run run como si nada hubiera pasado. Bajamos otra vez al bosque protegido por la cañada, que parece no enterarse de los aires contaminados más arriba.


domingo, 19 de febrero de 2017

2^31-1, lo mismo que 2147483647

Hoy buscábamos crear un vector tan grande como para colapsar a R. Es decir para sobrepasar el límite de memoria que R puede darse el lujo de alocar. Debía ser, según cálculos a los que no recuerdo cómo me caminó E, algo al rededor de ~ 2*10^9. La sección de Memory limits en la ayuda de R nos lo comprobó minutos después

2^31-1, lo mismo que 2147483647, llegó a escena porque es aproximadamente igual a
2*10^9 y porque noté que lo mencionaban específicamente en varios artículos sobre la memoria límite, como este. 2^31-1, para ser exactos, y no 2*10^9. ¿Por qué? La curiosidad me llevó a googlear tal número. Descubrí que hasta entrada de Wikipedia tiene, lo cual ya es ser nombre propio.

En Wikipedia, leanlo ustedes mismos pero resumido a continuación, aprendí que se trata del octavo Número primo de Mersenne.Y del valor máximo que un entero puede tener en las computadoras de 32 bits. Es decir las computadoras convencionales saben contar sólo hasta 2147483647. Por eso este número es el valor máximo de variables integrales en muchos lenguajes de programación (como R) y la puntuación máxima para muchos videojuegos. Por eso 2147483647 también es el máximo número de segundos que pueden contarse desde que inició el tiempo Unix (medianoche UTC del 1 de enero de 1970) hasta las 03:14:07 UTC del martes 19 de enero de 2038 (que corresponde a 2147483647 segundos desde el inicio de tiempo Unix).

2147483647 también es importante para las ciencias de la vida porque puede haber genomas más grandes que 2147483647 pares de bases. Esto quiere decir que la secuencia de tales genomas no pueden ser analizadas así como así. O por lo menos no sin que biólogos y científicos de la computación hubieran enfrentado el problema. Afortunadamente para algunas aplicaciones ya se ha hecho, y en otras hay trucos para darle la vuelta. Por eso 2^31-1 sonaba una campanita profunda en mi memoria. En algún lugar lo había leído y hoy aprovechamos conocernos mejor.

sábado, 4 de febrero de 2017

Historia de la araña Inés

Inés es, o fue (aún guardo esperanzas) una araña de la especie Steatoda albomaculata. La identificación la hice según la guía de Arañas y alacranas de la Ciudad de México y sus alrededores, de naturalista. Nunca logré tomarle una foto decente. Los mejores ángulos los tuve mientras me bañaba, pues Inés tuvo a bien hacer su telaraña en una esquina de mi regadera. Cuando las gotas del vapor de agua se condensaban en su telaraña ella (o el) salía a beber. Eran como copas de cristal para las finísimas patas de Inés, que se las llevaba a la boca mientras yo, enjabonada, la observaba con deleite.

Inés llegó a la regadera en marzo del año pasado. Mudó dos veces de exoesqueleto. A ratos se escondía en una grieta de la pared, unos días máximo. Por lo general se las arreglaba con los bichos que entran por la ventana, pero también le llevábamos hormigas (mejor no permitir exploradoras en la cocina). Hay otras como Inés en nuestro departamento, pero esa esquina de la regadera es particularmente fácil de monitorear, y una no puede evitar tener una relación más íntima con un ser que te acompaña mientras te bañas.

Tiene varias semanas que no vemos a Inés. Oscilo entre darla por muerta y pensar que quizá esté hibernando. Sé que algunas arañas sí lo hacen, no tengo idea de si esta especie también. La primavera dirá.


Escribo hoy sobre Inés porque me debatía si limpiar o no su telaraña. Al final pensé que la única telaraña que debería decidirme a quitar son las que acumula este pobre blog. Ha pasado mucho que contar. Me disculpo por el silencio, pero a veces la mente sólo tiene ánimo para sobrevivir la vorágine diaria, y una cae en la mala costumbre de no escribir. Se me va notando el propósito de año nuevo que según yo no iba a caer en el lugar común de admitir.